Mostrando las entradas con la etiqueta Experiencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Experiencia. Mostrar todas las entradas

27 mayo 2010

¿Por qué a veces flota y otras veces no?


Por: Polakín.

Tiempo atrás me detuve a pensar en ello y nunca más lo recordé como para averiguarlo. Ahora que ya estamos acá discutiendo de caca quería conversarlo con todos ¿Por qué a veces la caca flota y otras veces no flota?

Creo que todos nos hemos dado cuenta que luego de levantar nuestro poto del trono los surullos -siempre que estén sólidos claro está- pueden estar flotando, es decir, a nivel del agua o pueden encontrarse al fondo del tazón del váter. Debe existir una razón por la que esto sucede y he de imaginar que alguna de las opciones refleja más salud que la otra. Esto se extrapola del viejo adagio ese que versa: Dime lo que comes y te diré como cagas.

Por lo que pude pillar en la internet, muchos coinciden en que la cantidad de grasas que consumimos afectan la densidad de nuestras fecas, haciendo la relación de: Más grasa es igual a mojón menos denso que resulta en un mojón que flota. Menos grasa es igual a mojón más denso que resulta en un mojón que no flota. En lo que no hay acuerdo es en si esto de que floten es positivo o negativo como señal de algún problema gástrico.

Entonces amigos y amigas, si tienen conocimiento certero de esto por favor cuéntennos. Si tienen a quien consultar, algún amigo especialista o precisamente dentro de poco irán a un especialista, por favor pregunten. Quizás algún médico de incluso medicina general debe saberlo.

Gracias todos por la ayuda, tengo plena fe en que gracias a ustedes pronto sabremos algo más de la caca que flota.

20 febrero 2006

Sufriendo en el supermercado

Enviado por: Don Lucas.

Sábado cualquiera, cerca de las cinco de la tarde. A esa hora, figuraba echado sobre la cama, control remoto en mano reposando de un almuerzo como Dios manda. Después de comer porquerías de lunes a viernes, a la vuelta de la oficina, el fin de semana se imponía una ingesta adecuada: un buen costillar de chancho al horno, puré picante, un par de ensaladas y casi una botella de tinto. De postre medio melón y una piscola de bajativo. Quedé a guata pará, pochito, como dirían por mis tierras cachapoalinas.

Así estaba yo, relajado, dándole tiempo a mis jugos gástricos y a su labor. Ya había liberado un par de peos, cuando irrumpe la cantarina voz de mi amada esposa. “Gordito, vamos al Jumbo”, fue su invitación inexcusable. “Vamos”, dije de mala gana, pero con la vana esperanza de que el trámite sería breve. Craso error. Carro en mano, mi mujer sacó una lista interminable de útiles para el cabro chico, que entra a prekinder, pero sale más caro que tener un hijo en Medicina. En fin, nada qué hacer, había que apechugar.

Estábamos en un pasillo lleno de lápices, blocks de dibujo y cartulinas cuando comenzaron los primeros retorcijones. Fue el primer aviso de mi estómago. Minutos después sentí una leve, pero sostenida presión interna. El torpedo ya estaba cargado y listo para salir. Justo ahora, en que mi mujer se debatía entre comprarle una mochila de Mickey o una de Winnie Pooh. “Ese oso es muy maraco”, le espeté, apretando el poto con el mayor disimulo. Sin embargo, el mojón siguió ahí, golpeando la puerta. “Vamos por el papel lustre”, dijo indiferente, sin notar mi aflicción. Me afirmé del carro y comencé a dar pasos cortos, mientras el ataque de caca seguía en gestación.

Miré hacia el fondo de las cajas, buscando un baño. Sabía que si seguía así iba a terminar cagándome en pleno supermercado, rodeado de útiles escolares. Lo peor iba a ser la segura reprobación de mi primera dama –“puta que eres chancho”- y las miradas de desprecio del resto de los clientes. Como si los huevones nunca hicieran caca; como si el hecho de vivir en un condominio cerca de la viña Cousiño Macul los liberara del muy humano y sagrado hábito de sentarse en el water. Me vi ahí, en medio de una ruma de cuadernos en oferta, parado al lado de mi plasta, con una pierna chorreada y el traje de baño gris manchado. Casi podía sentir el olor. No. Debo aguantarme, me mentalicé. Pero la presión seguía ahí, con retorcijones cada vez más fuertes. Me iba a destapar en cualquier momento.

Mi sensación se agudizó más aún cuando saqué un paquete de greda. Era blando y cafecito. Un verdadero mojón cuadrado, de un kilo, envuelto en una bolsa transparente. Si alguien cree que hubo sugestión, está en lo cierto. Sentí como si estuviera inflando un globo por el culo. Con estallido y todo. Me llevé una mano a la raja, estaba seca. El traje de baño seguía incólume. “Fue peo”, me dije aliviado. Hasta que olí el perfume. Comenzó a expandirse, como el hongo de una explosión nuclear. De reojo vi a una vieja arriscando la nariz a mi lado. “Pucha que están caros los pinceles, señora”, fue lo único que se me ocurrió y huí. Fue una idiotez, es cierto, pero qué iba a hacer.

Lamentablemente, el alivio fue sólo momentáneo. El martilleo en mi intestino volvió. Retomé la marcha con pasos cortitos. Ni mi mujer con sus ocho meses y medio de embarazo caminaba tan lento. Sin embargo, yo me sentía a punto de parir, en cualquier momento. El carro estaba casi lleno. Igual que yo, con un zurullo próximo a salir volando. “¿Queda mucho? Estoy que me cago”, pregunté con timidez a mi media naranja. “Aguántate –respondió- compro unas cositas para la once y vamos”. Cresta, esas “cositas” para la once podrían demorarnos al menos media hora más.

Así no más fue. Pasamos por caja. Otro suplicio: “Oye, Juani cuál es el código de estos lápices, que no tienen barra”. “No sé, búscalo en el libro”, responde la cajera vecina sin levantar la vista. Y yo ahí, con el mojón apretado hacía más de una hora, maldiciendo una y otra vez mi mala cueva, literal, recordando mi plácido descanso previo en cama, que esperaba culminar sentado en mi baño, tranquilo, con una revista en la mano y un cigarro. Así da gusto cagar. Pero no. Tuve que salir rajado desde la caja al baño del supermercado, me desabroché el short con las manos tiritonas y me senté.

Sentí que el tronco de mierda cayó antes de que mis cachetes tocaran la taza del water. Y sonó –“plosh”- y saltó agua que me mojó la raja. Todo mal. El tiempo pareció detenerse mientras caían un par de zurullos más. Más chicos, pero igual de consistentes y fragantes. Igual confieso que fue un alivio. No tenía la comodidad de mi baño, es cierto, pero al fin había cagado, expulsando al incómodo mojón y sus acompañantes, cuya presencia me había torturado durante una hora y media. Incluso conseguí sentir esa sensación de alivio, que sigue siempre a la cagada dificultosa. Todo bien, ahora.

“¡Chucha, mi gordita!”, en medio de mi éxtasis post plasta recordé que había dejado a mi mujer con un carro lleno de bolsas. Me limpié-sequé el culo en dos tiempos, me subí el trajebaño y salí. Me estaba lavando las manos, cuando se abre la puerta y me encuentro cara a cara con la vieja de los pinceles, esta vez con su nariz totalmente arrugada y una mueca de asco en su cara. “Huevón roto”, me gruñó. La eludí, cobardemente, y otra vez huí. Sin decir palabra. Era el baño de mujeres. Y qué. Era una emergencia, me autoconsolé. Y fui al encuentro de mi señora, que aún me esperaba en la caja. “Estamos listos”, dije, con una sonrisa.